La vida útil de un producto se podría definir como el periodo de tiempo durante el cual el producto conserva sus propiedades óptimas de calidad y/o seguridad. Es decir, la vida útil, como tal, engloba dos tipos de conceptos no todos los consumidores conocemos la diferencia. Estos son la fecha de caducidad y la fecha de consumo preferente.

La fecha de caducidad hace referencia a un periodo corto tras el cual el alimento no se considera seguro para su consumo. Esto quiere decir que debido a crecimiento microbiológico el alimento puede contener agentes patógenos causantes de enfermedades. Por lo tanto, la fecha de caducidad estima una vida durante la cual se conserva la seguridad alimentaria y durante el cual la salud del consumidor no se pone en riesgo. Cuando la vida útil del alimento se refiere a la caducidad en el envase encontraremos precedida a la fecha la indicación de “Fecha de caducidad”, seguida de la indicación del lugar de la fecha propiamente dicha o ésta.

La fecha de consumo preferente o fecha de duración mínima, es una fecha destinada a productos no perecederos y, además, estables. Este modelo de vida útil marca una fecha tras la cual las propiedades del alimento, nutricionales u organolépticas (sabor, olor, textura), se ven comprometidas. Es decir, pasada la fecha indicada el producto no supondrá un peligro para la salud, pero sí se verá alterado. Este es el caso de los yogures que, aunque por ley esté marcada una fecha de caducidad, en realidad son productos estables que deberían llevar una fecha de consumo preferente.

Estas dos fechas se calculan a través de estudios de laboratorio que simulan las condiciones normales de conservación del alimento. Los productos se analizan regularmente con una marcada periocididad hasta que los resultados analíticos no son aptos. Se considera, entonces, que a partir de ese periodo el producto ha cumplido su vida útil. Los resultados pues, son siempre estimaciones tomadas con el principio de precaución, lo que hace que siempre tiendan a acortar la vida real del producto en aras de asegurar sus condiciones hasta la fecha marcada.

El caso del yogur

El yogur, como todos sabemos, se produce a través de leche incubada durante cierto periodo. Para producirlo se inyectan en la leche, tras ser pasteurizada (calentada para destruir microorganismos dañinos o patógenos), unos determinados microorganismos para que estos fermenten la leche y produzcan el yogur. Tras este periodo el yogur se comercializa ya como tal o bien se bate (yogur batido) pero no se realiza ningún proceso de calentamiento para destruir estos microorganismos. Por esta razón, el yogur se considera un alimento “vivo”, es decir, un alimento que, al igual que el vino, evoluciona con el paso de los días conforme las bacterias fermentan y acidifican el yogur, cosa que imposibilita cada vez más el crecimiento de bacterias patógenas, hasta que el alimento de estas, la lactosa, sea consumida por completo. Tras la fecha de consumo preferente el medio del yogur se encuentra más acidificado de lo normal por lo que el gusto nos sería a muchos desagradables, especialmente en los países occidentales, donde el yogur se consume buscando un sabor lo más neutro posible. De esta manera, aunque no supone un riesgo para el consumidor, la percepción del consumidor sería la de un alimento en mal estado (pese a no estarlo).

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